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Los enemigos que han querido desaparecerme han venido hasta acá. (...) Tenía mi protección, mis hijos que sembré, mis árboles, y un todopoderoso que ve en este hombre defectuoso algo de valor.

Víctor Zambrano era todavía muy pequeño cuando vio por primera vez a los indígenas Ese Eja correr por el monte. Aprendió a escuchar la selva junto a aquel pueblo originario de la Amazonía peruana que marcó su memoria para siempre y a quienes hasta hoy llama sus hermanos. Tras pasar décadas de su vida lejos de Madre de Dios y construir una larga carrera en la Infantería de Marina del Perú, nunca pudo olvidar aquel bosque que seguía latiendo dentro suyo.

A sus setenta y nueve años, Víctor Zambrano ha sembrado más de 40 mil árboles en el Área de Conservación Privada (ACP) K’erenda Homet, un espacio que él mismo fundó y en el que destina 35,40 hectáreas a la protección, la reforestación y la educación ambiental. También fue el principal gestor de la creación de la Reserva Nacional Tambopata y hoy preside su Comité de Gestión. La reserva se extiende por otras 274 690 hectáreas y resguarda parte de la fauna y flora más sorprendentes del planeta. En una región donde las mafias de la minería ilegal tienen a los defensores en la mira, Zambrano encontró en la restauración de la Amazonía el propósito de su vida.

Usted ha dicho que de niño sentía que no encajaba del todo. ¿Por qué le era complicado ajustarse a las expectativas de su familia?

Lo he sentido siempre, desde que tuve uso de razón. Yo veía a los nativos, hasta a los pequeñitos, calatitos (peruanismo para desnudos), sin zapatos, caminando felices, y quise ser igual. Mi madre me mandaba bien uniformado al colegio: el zapatito, el uniforme caqui, su cristina, todo, para que dé buena impresión. Pero yo salía de la casa y, en el primer montecito que aparecía, me sentaba en el pasto. Me sacaba los zapatos, amarraba los pasadores y me los ponía en el hombro. Los hermanos nativos, la gente del campo, no usaban zapatos, pues. Entonces yo llegaba al colegio bien uniformado, sin zapatos.

Pero por ahí le pasaron el dato a mi padre y, en una de esas que estábamos ensayando para un desfile del 28 de julio, el día de la independencia del Perú, en la avenida León Velarde, me buscaba a mí. Apenas miraba al viejo, yo desaparecía de la fila. Sabía que, si me encontraba, me iban a dar, pero de alma, por no usar los zapatos.

Usted migra a Lima para estudiar, para trabajar. De alguna manera termina siguiendo ese ideal de progreso que en su familia se veía como el camino correcto. Pero en un momento decide dejarlo todo. ¿Qué le daba el bosque que en la ciudad no encontraba?

Cuando joven tuve que salir de acá, de mi tierra para forjarme un estudio mejor. Me forjé un futuro de manera castrense en la Marina de Guerra, en la Infantería. Forjé hombres, soldados, para enfrentar lo que sucedió en 1980 para adelante. Y en mi cuartel de Ancón, promoví la recomposición de espacios donde no había un solo árbol, era puro arena. Hasta en los cerros más prominentes de Ancón sembré árboles. Siempre tratando de relacionar esa vida natural que he tenido aquí. Quise hacer pequeños oasis en desiertos. 

Tuve la oportunidad de concursar a becas al extranjero. Estuve en Argentina casi tres años. Estuve en el canal de Panamá con los marines, los boinas verdes. Pero donde estuviera me contacté con gente que vivía en la zona selvática. Ahí extrañaba más mi tierra.

Yo tenía todo lo que un ser humano normalmente anhela tener. Estuve trabajando seis años en Lima, en actividades totalmente distintas de lo castrense y que prácticamente me pusieron, como se dice el dicho, como un abogado sin título. Actuaba como procurador de títulos y contratos. Pero en mi mente siempre tenía mi tierra. Tengo que regresar a mi tierra. Después de veinticuatro años retorné a ella y lo que encontré fue la desgracia más grande. Ya no estaba el bosque que tanto anhelaba. Retorné decidido a retirarme del trabajo y planificar mi salida.

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En mi mente siempre tenía mi tierra. Tengo que regresar a mi tierra. Después de veinticuatro años retorné a ella y lo que encontré fue la desgracia más grande.

El retorno

Víctor Zambrano regresó a una Madre de Dios en pleno proceso de transformación. Corría 1986 y aquel territorio, antes aislado del resto del país, recibía una migración masiva impulsada por la fiebre del oro. El predio que sus padres le dejaron en herencia, al que recordaba como un bosque rebosante de fauna y vegetación, había sido deforestado y reemplazado por un manto de brachiaria, un agresivo pasto de origen africano introducido para la ganadería.

Aunque conocía la ley al detalle, estaba seguro de que recuperar la posesión de su tierra del modo “civilizado” no iba a funcionar. Decidido, emprendió una estrategia propia de un comando militar. Se rompió la camisa, se hizo un corte superficial en el pecho con un cuchillo y empezó a correr y a gritar por el predio, “como un loco”, según recuerda. Solo así logró recuperar la posesión del terreno.

Luego de expulsar a los invasores ¿cómo logró recuperar un bosque destruido?

Asumí el reto de sembrar un promedio de cuarenta mil árboles, y lo hice con decisión, con coraje y con esperanza. En la época en que comencé a hacerlo, nadie creía en la posibilidad de recuperar áreas degradadas a través de esta innovación. Lo que intentaba crear era ese sueño que tenía de niño: estar rodeado de animales silvestres. Mi primera prueba fue este espacio donde vivimos.

Lo normal en un campesino común es que, si tienes una chacra, tienes que tirar abajo todos los árboles para sembrar, para hacer ganadería. Ellos (los vecinos), pasaban por este camino, miraban, y la hierba seguía ahí. Eso significaba que el señor Zambrano era un ocioso; no trabajaba la tierra como corresponde.

Sin embargo, yo armaba mis fajas de enriquecimiento, y eso permitió el acondicionamiento inicial de un terreno totalmente degradado. Lo principal era cubrirlo con unas variedades de frijoles que se denominan kudzu, mucuna ceniza y mucuna preta. Son leguminosas traídas de Brasil e incorporadas aquí para enriquecer el suelo.

Una segunda etapa comenzó con la instalación de árboles que fijan nitrógeno en el suelo: las guabas, como le decimos, una variedad de pacay. Después de casi un año, comenzaron a formarse espacios de sombra donde el pasto (brachiaria) comenzó a entristecerse.

Para inspirar su modelo de agroforestería, se inspira en la observación de la naturaleza y también en la observación del conocimiento indígena. ¿Qué es lo que dicen los ingenieros forestales y qué es lo que usted hizo?

El drama que vivimos nosotros es seguir ejemplos o recomendaciones de técnicos venidos de otros lugares, de otras realidades. La famosa agroforestería, que es precisamente la recomposición de un espacio degradado, pero siempre con el fin de sembrar para cortar después. Yo no quería seguir esa línea de agroforestería, sino la de la recomposición del recurso silvestre y también la atracción de la fauna silvestre.

Me opuse rotundamente a los ingenieros forestales, agrarios y agrónomos, que siempre privilegian, como en la costa, establecer líneas definidas, una detrás de otra; distanciamientos, orientación de este a oeste.

Ahí vuelvo nuevamente a ese mundo de los hermanos nativos, a ese mundo de la propia naturaleza, el bosque pleno. ¿Qué dice el bosque pleno, el bosque natural? ¿Hay líneas? ¿Hay distancias? No, pues. El ‘desorden’ del bosque es el orden que yo seguí.

Y esa fue la crítica más grave que me hicieron los grandes funcionarios del Ministerio de Agricultura de Lima, que vinieron especialmente a revisar este modelo. La primera crítica fue: «¿Y dónde están las líneas? No veo líneas, no veo distanciamiento. Todo está monte. No veo un sistema».

Criterios obsoletos, irreales para este ecosistema en sí. Les demostré, con el tiempo, que estaban totalmente equivocados.

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Ahí vuelvo nuevamente a ese mundo de los hermanos nativos, a ese mundo de la propia naturaleza, el bosque pleno. ¿Qué dice el bosque pleno, el bosque natural? ¿Hay líneas? ¿Hay distancias? No, pues. El 'desorden' del bosque es el orden que yo seguí.

Por el trabajo que ha hecho, a usted le han preguntado si es ingeniero forestal, pero usted responde: «No, señor, yo soy campesino». ¿Podría contarnos por qué usted se considera un campesino?

Lo digo con orgullo, porque lo he practicado, lo he asumido en toda su extensión: soy campesino. La dinámica que tiene nuestro bosque nos ha permitido aprender muchos conceptos que, de repente, el común de la gente no entiende. La mentalidad que tiene el campesino para desarrollar su actividad con cariño, con amor, porque de eso va a tener un resultado, que es el producto de sus cosechas y el que da de comer al pueblo.

El destino también quiso que representara a todos los campesinos de Madre de Dios a través de la Federación Agraria Departamental de Madre de Dios. Nosotros hemos sido la voz y hemos impulsado acciones frente a las autoridades.

Siempre al campesino y a la campesina los han tratado de la peor manera cuando van a una oficina. Los han minimizado y los han tratado como ignorantes. Y esa sabiduría que siempre han tenido, así sean iletrados, nunca se ha considerado.

El técnico con su técnica y el campesino con su experiencia deben unirse, deben juntarse en una sola acción. Y eso es lo que hemos pregonado nosotros, porque el valor que tienen ellos es inconmensurable. Entonces, la denominación de campesino, para mí, es la más grande que puedo tener en mi vida.

La guerra del oro

A apenas un par de horas del refugio de Víctor Zambrano, la Amazonía comienza a desdibujarse. Allí avanza La Pampa: un desierto que se abre paso en medio del bosque amazónico y evidencia el devastador impacto de la minería de oro en Madre de Dios. Según el sistema de monitoreo satelital MAAP, hasta mediados de 2025 esta actividad fue responsable del 97,5 % de toda la deforestación registrada en el país. En las zonas más afectadas, el río Madre de Dios transporta hasta doce toneladas de mercurio cada año.

¿Qué diferencia hay entre la riqueza que promete el oro y la riqueza que nos da el bosque?

Entrar a una zona sin ninguna autorización, erosionar el suelo, contaminarlo con mercurio, dejar desperdicios, explotar a la gente… Para sacar de la naturaleza el recurso y beneficiarte económicamente de esa actividad que has realizado malamente, dejando despojos, contaminación y muertes.

El oro, como su estructura lo dice, brilla para un momento nomás. El hombre actual quiere salir de la pobreza de la noche a la mañana. No le interesa cómo: destrozando todo, porque es fácil hacer esa actividad y nadie le va a decir nada.

¿Cómo explicarle a una persona que nunca ha estado en la selva, qué le hace la minería ilegal al bosque, a los ríos y a la gente de Madre de Dios?

Es un fenómeno maligno que nos está destruyendo completamente. Existe una ley de formalización de la minería, de la pequeña minería y minería artesanal, que no funciona. Un mecanismo llamado REINFO. Es una pantalla delictiva que nuestro famoso Congreso de la República ha aprobado. Es darle legalidad a lo ilegal.

Nosotros somos testigos presenciales. Ayer sobrevolamos el área para que vean las nuevas autoridades, para que vean cómo está esa famosa Pampa. Y es una desgracia completa. Allí no hay orden, no hay ley que valga.

¿Siente que estamos en una guerra contra el extractivismo? 

Es una guerra. Es una guerra desigual porque acá hasta los sistemas de detección de las autoridades el enemigo ya los conoce, ¿no? Porque tiene mejores equipos, más sofisticados. Se anticipan con uno o dos días. Ya saben que van a ir, ¿no? Tienen sus drones y tienen aparatos para inutilizar drones y derribarlos. O sea, ellos tienen mejor tecnología que nosotros, pues.

Pero mientras me pueda mover, mientras me pueda desplazar, mientras pueda gestionar, a nivel nacional e internacional, acciones concretas para ayudar a que Madre de Dios no se devaste como lo están haciendo en este momento, lo voy a hacer, porque ese es el legado que voy dejando.

Y no me gusta estar en medios de comunicación ni en acciones públicas, etcétera. Ese no es mi estilo. Mi estilo es ir directo con quien tiene la responsabilidad de asumir retos y también deberes como Estado. Si tengo que solucionar un problema, no me voy donde el presidente de la región porque no me va a solucionar absolutamente nada. Me tengo que ir a Lima, me tengo que ir a molestar a los ministros, ¿no? Ese es su rol.

No nos vamos a retirar. No nos vamos a acobardar. De por medio está la salud y el futuro de mi tierra, que tanto amo. No tengo temor a nadie. Yo nací en esta tierra, conviví con mis hermanos nativos e interpreté la esencia de lo que es la naturaleza. Y es por eso que yo apuesto hasta las últimas consecuencias. A defenderla hasta con la vida, si es posible.

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No tengo temor a nadie. Yo nací en esta tierra, conviví con mis hermanos nativos e interpreté la esencia de lo que es la naturaleza. Y es por eso que yo apuesto hasta las últimas consecuencias.

La amenaza

Desde 2015, tres personas ligadas al Comité de Gestión de la Reserva Nacional Tambopata han sido asesinadas. Fueron por él en marzo de 2022. Dos hombres en moto lo esperaron con un arma con silenciador cuando volvía a su casa. Victor asegura que es el bosque quien cuida sus pasos.

¿Hubo un momento exacto donde decidió que iba a dedicar toda su existencia al bosque? ¿Cuándo fue ese momento?

La naturaleza no es un ser irreal. Está allí, y te recompensa, te respalda. Yo lo siento a diario, hasta en mis peores momentos, cuando ha estado de por medio mi vida. Los enemigos que han querido desaparecerme han venido hasta aquí. Después del asesinato de uno de mis coordinadores, vinieron también por mí. Pero, gracias a Dios, no fue posible, porque tenía mi protección: mis hijos, que sembré; mis árboles; mis seres que me acompañan; y un Todopoderoso que ve en este hombre defectuoso algo de valor.

Mi naturaleza me ayuda, me da fuerzas, me da ánimo. Como dicen los doctores, es mi cámara hiperbárica. Esta es mi fuente de energía, no solamente corporal, sino cósmica, que me absorbe. Y lo siento todos los días. Lo siento en la noche. El universo me está poniendo las condiciones. Mi destino ya no lo decido desde hace tiempo. Una vez dije: «Nunca más voy a definir en mi cabeza lo que voy a hacer en el futuro. Destino, guíame donde tú quieras; te acompaño». Y hasta ahora sigo con eso.

El legado

En la puerta de su casa se alza una lupuna de más de treinta metros de altura. Víctor Zambrano lo sembró el mismo día en que nació su última hija, hace exactamente treinta años. Corrían los años noventa y elegir un nombre indígena todavía era desafiar el prejuicio. Él eligió dos: uno en Harakbut y otro en Ese Eja. K’erenda Homet, “brillante amanecer”. Décadas después, ese mismo nombre bautizaría el bosque que restauró y se convertiría en una de las primeras áreas de conservación privada de la Amazonía peruana.

¿Qué ha significado para usted esa transferencia de visión de vida en K’erenda? 

El nombre de K’erenda Homet no es una casualidad. Es el recuerdo imperecedero de esos seres vivientes que inspiraron en mí una nueva forma de observar la vida, enriquecer nuestra naturaleza y mejorar el ambiente donde todos vivimos. Vivimos en paz, en armonía con todo lo que hay, porque hemos logrado recuperar un área degradada. Ese ha sido el sueño más grande que he tenido desde niño: estar rodeado de seres extraordinarios, animales silvestres y vegetación.

Hace veinticinco años obligué, prácticamente, a la estructura del Estado a modificar algunos conceptos. Le transferí la propiedad de este territorio a mi hija menor cuando ella tenía cinco años. En ese momento parecía una locura. «¿Cómo toda la propiedad para una niña de cinco años?». Además, no existía ninguna norma que permitiera algo así.

Diez años después, en 2010, con el apoyo de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA), llevamos el caso al Poder Judicial para encontrar un mecanismo que permitiera que una menor fuera propietaria de un terreno. Y lo conseguimos. Hasta ese momento no existía jurisprudencia sobre la propiedad de una menor. El juez también tuvo que romperse la cabeza, pero finalmente resolvió que los padres podíamos representarla para firmar los documentos necesarios y así convertir el predio en un Área de Conservación Privada.

Todo eso tuvo un propósito. ¿Qué hacemos cuando envejecemos, cuando estamos a punto de irnos? ¿Cómo lograr que todo esto que he construido con tanto esfuerzo y tanto sacrificio continúe? La idea fue formar a K’erenda desde que nació. Yo tengo más hijos, pero ella mostró interés desde muy pequeña. La comenzamos a orientar para que continuara con este camino.

A ese proceso nosotros le hemos llamado relevo generacional, o cambio generacional. Es cómo los viejos vamos entregando, poco a poco, la posta a quienes vienen después, dándoles todos los elementos para que puedan continuar en mejores condiciones. Si yo no tuve estudios superiores, pues que ella los tenga; que tenga capacidad de decisión para poder avanzar en esta tarea.

Eso es lo que he pensado desde que ella tenía cinco años. Siempre me perseguía para todos lados. Cuando guiaba y me olvidaba de una plantita, me decía: «Bueno, esta plantita te has olvidado». Entonces sentí esa situación, porque hasta ese momento no veía a nadie detrás mío que me hiciera sombra. La única pequeña sombra que veía era de acá para abajo, pues. Todavía era chatita.

 

¿Qué le diría a un joven que nunca ha salido de la ciudad?

Nosotros como custodios permanentes del legado que nos ha dado el ser supremo, que es esta inmensa naturaleza, pedimos a estas nuevas generaciones que asuman el rol que le corresponde, porque si tenemos continuidad en esto, esa naturaleza siempre nos va a devolver cosas buenas para beneficio de nuestra familia, de nuestra gente y también de generaciones que vienen detrás de nosotros. Entonces, Jóvenes, hombres, mujeres, asuman este rol, asuman este reto de tener no solamente conocimientos teóricos, sino prácticos en los lugares que corresponda tenerlos. No tengan miedo de salir de su entorno, de salir de su comodidad y vayan a esos lugares donde sí se puede ver y respirar la naturaleza en todo su esplendor.

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Asuman este reto de tener no solamente conocimientos teóricos, sino prácticos en los lugares que corresponda tenerlos. No tengan miedo de salir de su entorno, de salir de su comodidad.

Señor Víctor, ¿cree que lo logremos? ¿que logremos ganar esta guerra desigual?

La esperanza nunca se ha perdido, amigo. Estoy aquí porque tengo esperanzas. No por la edad, digamos, ya se acabó la cosa. Tenemos que forjar nueva juventud, nuevos elementos que puedan continuar con esto.

Ahí está un ejemplo. Ahí está la chica (K’erenda), que ya no es tan chica. Es la continuación mía de lo que yo estoy dejando acá. Porque, ¿cómo haríamos entonces? ¿vendo mi predio? ¿Lo cuadriculo? ¿Lo lotizo? Ya, pues: plata, plata, plata. ¿De qué me sirve? Mientras estoy vivo, lo voy a usar para cosas banales muchas veces. Pero después son las consecuencias. Tenemos que continuar, no hay oportunidad para decir: «Hasta acá nomás».

Señor Víctor, como especie nos hacemos llamar Homo sapiens, el “hombre sabio”. Después de todo lo que ha vivido, ¿cree que el ser humano es bueno o malo por naturaleza?

Yo considero… Es una reflexión profunda, amigo.

Somos seres humanos, podemos cometer errores. Como dijo un líder ya fallecido, hay que cometer errores haciendo, no dejando de hacer. Si tú no haces nada, lógicamente, ¿qué error vas a cometer? Entonces, tú haz algo.

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