Cuando Holc llega a la comunidad, Lupita es la primera en recibirlo, sale corriendo y lo llama Mauriiiii. El fotógrafo argentino la conoce desde que era muy pequeña y ella lo considera un tío. Así lo cuenta quien hace más de ocho años vuelve a Tekoa El Chapá, una comunidad del pueblo mbyá guaraní en Misiones.
El resultado de su tiempo compartiendo y acompañando a los mbyá es este registro analógico que cruza la memoria colectiva, la vida cotidiana y la búsqueda por el Yvy Marãe’ỹ, la ‘Tierra sin mal’.
Tierra sin mal
En el guaraní antiguo, Yvy Marãe’ỹ refiere a un espacio donde la tierra da frutos en abundancia y la celebración es constante, donde nadie enferma y no existe el sufrimiento ni la muerte. Para algunos grupos guaraníes se encuentra en este mundo y se llega caminando, hacia el este, más allá del mar. Para otros, se esconde en el centro de la tierra. Y hay quienes sostienen que el camino son los pasos del héroe Guyraypotý; someterse al ayuno, cantar y bailar hasta que el cuerpo se vuelva ligero y pueda ascender al cielo. Así lo explican los registros escritos.
Argentina como territorio indígena
Buscar hoy la tierra sin mal no es un gesto nostálgico del pasado. Su manera de estar en el mundo no se entiende sin territorio o tekoa; lo que une la tierra, la naturaleza y la comunidad, un espacio no se posee ni se mercantiliza.
Pero ese territorio actualmente representa una mínima fracción de sus tierras originales. Un estudio de la Universidad de Buenos Aires siguió la selva misionera entre 1990 y 2020, y encontró que se perdieron casi 130 mil hectáreas de bosque nativo. Es una selva partida en fragmentos cada vez más chicos y aislados unos de otros.
La pérdida territorial tiene que ver también con la forma en que Argentina se mira a sí misma. En la Patagonia y el Chaco, el Estado sometió a los pueblos originarios con campañas militares a fines del siglo XIX, mientras que en Misiones el despojo fue por colonos y plantaciones que fueron ocupando los montes. El relato nacionalista fue el mismo para todo el país, y dio a los indígenas por ‘extintos’. Historiadores como Walter Delrío afirman que esa invisibilización fue una estrategia de dominación que facilitó el despojo. Si los pueblos indígenas ya no están, sus tierras no tienen dueño y la naturaleza se convierte en un recurso disponible para su explotación.
Para los mbyá, en cambio, la naturaleza no es un territorio vacante, es un regalo de Ñanderú, su creador. Un mundo de abundancia que recibieron, al cual están unidos y que tienen que cuidar. Su resistencia es un reclamo por la memoria, por su autonomía como pueblo y por la conservación de todo lo que consideran sagrado.
El trabajo posterior
Holc trabaja en analógico. Dispara con una cámara de formato medio, revela los rollos y hace las copias a mano en su cuarto oscuro. Es un proceso lento, a contramano de la fotografía que hoy se produce en segundos. Las imágenes, dice Holc, se construyen en el trato prolongado con la comunidad, ese vínculo colectivo que para él le da sentido al arte.
Ahora Holc está devolviendo las cámaras. Parte del proyecto son talleres de fotografía y audiovisual dentro de la comunidad. Sus fotos, plantea, no buscan explicar nada, buscan compartir lo que se siente estar cerca.